Una capa en tres actos

Lea la crónica sobre Toledo, de Jesús M. Sarmiento
Lea la crónica sobre Santander, de Aurelio Español
Lea la crónica sobre Segovia, de Fausto Requejo
Lea la crónica sobre El Soplao, de Miguel Fernández Huerta
Participe en nuestro concurso sobre crónicas de viajes

Nieves Fernández Rodríguez

PRIMERO

Dicen que siempre se vuelve a los lugares donde se ha sido feliz a repetir la experiencia con algunas variantes.

La semana pasada apenas tenía decidido el viaje. El tiempo apremiaba. Para este verano deseaba huir de playas pegajosas y de multitudes, quería algo distinto como un pequeño pueblo para caminar sosegadamente por sus calles, para reflexionar con la calma que presta su paisaje.

Quería volver a Almagro, sin ánimo alguno de recordar allí otro viaje anterior de hace cinco años. Sólo fueron tres días y veníamos todos. Aquello fue distinto al viaje que comienzo. Con niños a tu lado todo siempre es distinto. Incluso el matrimonio se hace tan diferente.

Es mi primer verano de divorciada. A veces pienso que en el Parador donde voy a alojarme pueden reconocerme. Sé que hay personas que tienen una gran capacidad para recordar nombres, fechas o situaciones. En un hotel de estas características se fijan rostros, se conservan sonrisas, se quedan con los gestos habituales de los hospedados; la decoración y el ambiente se prestan a ello.

Es cierto, pueden reconocerme. Me sonrojo sólo con imaginarlo. No debo pensar en eso. Esta es mi nueva vida en solitario. Aunque es dura, debo ir acostumbrándome. Sentiré algo similar todos los veranos cuando las niñas se marchen con él y yo me quede sola, y en Navidades, y en vacaciones de Semana Santa, y en mi cumpleaños...

Por suerte para mí, aún tengo memoria de lugares acogedores y encantadores, disfrutados en pareja, como éste. Por desgracia para él, tengo la valentía de volver aquí sola.

¡Qué más quisiera él que yo me agazapara en un rincón de nuestra vieja casa mientras él se divierte con las niñas y con ella en su playa fantástica!

He hecho bien con volver a Almagro. ¿Por qué no aprovecharme de experiencias vividas? Pedro lo hace todos los días. ¿Y las niñas? Las niñas ya han crecido lo suficiente para que yo ahora recupere mi espacio vital y me crezca por dentro.

La separación te agacha o te da alas. Antes de salir pensaba qué podría hacer yo sola por aquí, por La Mancha, en un hotel apenas conocido. Pero hoy sólo pienso en volar como nunca lo hice. Sé que debo agacharme de cuando en cuando para tomar impulso y volar, si cabe, de un modo inalcanzable, antes que permitir que me sobrevuele como un negro pajarraco este inesperado y maldito divorcio.

Bueno, ya estoy llegando. Almagro es un buen lugar para una semana de futuro, puede que para más; es amplio, sereno, noble, impoluto como yo deseo estar en este instante. No pido más. Tan sólo una semana de futuro. Ya diviso sus cenicientas y anaranjadas torres. El Parador quedaba por aquí, a la derecha, estoy segura. Antes eso no me preocupaba. Yo iba a remolque de él, siempre a remolque; ahora debo orientarme en todos los sentidos, por mí misma y no extraviar nada.

- ¡Vaya, si están de fiesta! Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro.

Eso al menos reza ese cartel con forma de capa vaporosa. Y las colgaduras de estilo medieval me confirman que ya lo están celebrando.

¡Oh, el teatro! De jovencita me aficioné al teatro, después lo abandoné para ceder por él como en todas las cosas. Recuerdo un desastroso Picnic de Fernando Arrabal en el escenario del instituto con Ángeles y Margarita: Sin darnos cuenta, el retrasado ensayo nos sirvió de improvisado estreno. Nadie supo nunca que no ensayamos, ni siquiera la profesora de literatura, tres actrices con las mejores tablas, y así lo demostramos; es más, a las tres nos picó la risa en medio de esos absurdos diálogos, y los espectadores tomaron las carcajadas como aciertos dramáticos. Además, antes de comenzar y a falta de telón, tapamos el escenario con una sarga blanca para evitar las miradas curiosas y, como no podía ser menos en aquel desastre, la tela se quedó olvidada durante la función, pero eso sí, tan bien iluminada que se hizo base para reflejar nuestras propias sombras. Pues, también consideraron esto como otro acierto dramático, a juzgar por los aplausos, por supuesto fruto de nuestra experiencia atrevida y existencial que le iba a la perfección al texto de Arrabal. En definitiva, todo un éxito.

Bueno, supongo que a Almagro no vendrá Arrabal, tal vez como espectador. En este Festival antes se hará presente Calderón, Tirso, Lope, Shakespeare, Cervantes, Molière... Esas sí que son buenas tablas para olvidar divorcios y acercarse a sus clásicas e inmejorables plumas.

SEGUNDO

La habitación es confortable, sobria, decorada con elementos y muebles castellanos. Por fortuna no reconozco a nadie del personal, ni creo ellos a mí. ¡Menos mal! Antes siempre intenté pasar desapercibida. Como es costumbre en mí, enseguida me dispongo a deshacer la maleta. Esto es para empezar con buen pie las vacaciones. El orden es primordial en mi persona, o lo era, no lo puedo evitar. A Pedro le sacaba de quicio.

- ¡Una capa! ¡Y cómo pesa! ¿Cómo se puede dejar olvidada en el armario? Llamaré al servicio de habitaciones.

No he podido resistirme a ponérmela y a dar unos cuantos giros de baile por las baldosas rojas que me sirven de pavimento. Este paño negro me favorece. Debe ser de un actor olvidadizo, ya nadie lleva capas toledanas por ahí y menos en verano.

- ¡Ahhh! -suspiro.

Además está perfumada, huele a flores silvestres y a hombre, huele a hombre.

Con la ropa ordenada en el armario y la capa estirada en la cama me voy sudorosa hacia la ducha, a pesar del aire acondicionado de la habitación. Julio siempre es julio, tan sofocante en la costa como en el interior. La verdad es que sólo en el norte te puedes olvidar por unos cuantos días del calor asfixiante.

La ducha me relaja enormemente. Me hace olvidar el cansancio del viaje. Desnuda, solitaria, fresca y húmeda camino descalza en busca de una blusa liviana y transparente.

Ahí esta esa capa en mi camino, con su olor masculino y su aroma de hiedra y de flores silvestres robado de alguno de esos frondosos patios almagreños.

Todavía falta una hora larga para la cena. Adoro la cocina de este Parador, recuerdo que se comía bien; espero que no hayan cambiado de cocinero. La comida siempre fue uno de mis placeres.

La capa me reclama insistentemente, de una forma infinita; no sé de quién será pero esta tarde está claro que quiere ser mi lecho para una siesta cálida, tardía y algo extraña. Ella desea arropar mi nueva desnudez y yo tengo tanto sueño ...

"Garza que nunca del nido

tender osastes el vuelo

al diáfano azul del cielo

para aprender a cruzar:

si es que a través de esos muros

el mundo apenada miras

y por el mundo suspiras

de libertad con afán,

acuérdate que al pie mismo

de esos muros que te guardan

para salvarte te aguardan

los brazos de tu Don Juan."


Me he debido de quedar dormida sobre este paño amigo.

-¿Será posible? He soñado con apuestos caballeros embozados de perilla y espada y con damas atrapadas en conventos, rescatadas por ellos con amor.

Debe ser la magia del teatro que invade este lugar que antes fue convento; hasta creí escuchar tras la ventana unos versos del Tenorio de Zorrilla. Tal vez algún ensayo de un actor me trajo su potente voz con ráfaga de aire a mis cristales.

Esto promete. Me vestiré rápidamente. Tomaré a esta ciudad de Almagro con todas mis ganas y sin dramas personales que valgan.

TERCERO


"¡Dios mío, cuánto he soñado!

¡Loca estoy! ¿Qué hora será?

Pero, ¿qué es esto? ¡Ay de mí!

No recuerdo que jamás

haya visto este aposento."


- ¿Quién habla?

Otra vez los ensayos, ahora con voz de mujer. Me voy.

Imposible salir de aquí. ¡Pero qué torpe soy! La puerta de la habitación se ha atascado, forcejeo. Por un largo rato quedo atrapada. Alguien me oirá y empujará la puerta. Mejor llamo a recepción.

- ¡Pues sí que empiezo bien las vacaciones!

No es que tenga miedo, pero ya está bien de sucesos extraños. Alguien tiene interés en asustarme y mantenerme en suspense en este mi primer viaje en solitario. No sé, serán mis propios miedos.

En recepción comunican, lo intento de nuevo con la puerta. La muevo con escandaloso traqueteo, extremadamente nerviosa. Desde fuera también empujan. Hasta creo que me hablan.

"Cálmate, pues, vida mía;

reposa aquí, y un momento

olvida de tu convento

la triste cárcel sombría."


Hay alguien al otro lado, ahora sí que estoy convencida.

- ¡Llame a recepción, por favor! Diga que la puerta está atascada -digo en voz alta.

- Espere... Personal del hotel, por favor, apártese de ahí.

Obedezco. De un golpe seco la puerta se abre y quedo libre. En el pasillo un hombre alto, moreno y atractivo se presenta ante mí como mi salvador. Durante unos segundos lo imagino con jubón ajustado, pantalón de globo drapeado, calzas hasta la rodilla, cuello rizado en zigzag y sienes bien peinadas y brillantes.

Debe ser otro fenómeno extraño de este mi nuevo cerebro de estreno, viajero y fantástico.

Le escucho decir que se llama Manolo, oficial de servicios varios de este Parador. De inmediato pide disculpas por la afrenta de la puerta y se dispone a arreglarla muy diligentemente.

No sé que hacer. Me quedo mirándolo, se me hace tarde para la cena.

- Adiós -digo con sonrisa comprensiva.

- Vaya tranquila, cuando termine, yo mismo cerraré la puerta. No entiendo cómo se ha atascado así, está recién revisada. Si mañana nota algo extraño en la cerradura, no lo dude, pida otra habitación.

- Gracias, -afirmo complacida- lo haré.

Le echo una última mirada. Su ropa de trabajo no le resta un ápice a su porte gallardo y castellano, parece recién salido de una tragicomedia. Con las vestiduras que yo lo imaginé al abrir la puerta, bien podría ser un noble caballero, galán de celosías y con espada en mano dispuesto siempre a defender honores. Seguro que desciende de algún apuesto hidalgo.

- ¡Cuánta imaginación!

Frente a mí, en el gran comedor, sentados a la mesa, una joven pareja se hace arrumacos de amor. Sus palabras me llegan como en un susurro; aunque no quiera resuenan en la sala, se mezclan con la brisa que ahora se cuela por el patio y mueve las cortinas.

"Espejo, luz de mis ojos

escuchadme sin enojos."

"¡Ah! Callad, por compasión;

que viendoos me parece

que mi cerebro enloquece

y se arde mi corazón."


¿Actores? No estoy loca. Esa capa es la culpable. Me ha hechizado. Todo lo que vivo lo siento a través del filtro dramático de un tiempo pasado que me hace evadirme de la realidad.

Deben ser fantasías de mujer solitaria. Hora es de dar cuenta de esta estupenda cena y de deshacerla a continuación. La noche es fresca y joven.

Por una calleja bohemia que baja hasta el centro voy recordando mi otra visita a Almagro. La misma galería de arte con nombre de palacio y de ricos banqueros, plagada como siempre de obras de vanguardia. Enfrente, la misma taberna con nombre de actriz. Más adelante, la misma plazuela empedrada rodeada de portadas con escudos y blasones. Esta vez, transformada en ingenuo escenario de teatro de calle, con niños riendo las gracias en inglés de un bufón saltarín de una corte extraña.

Sus risas me recuerdan a las risas más infantiles de mis hijas. Puede que también ellas rían ahora las gracias de su padre.

Otra calle más me lleva hasta la famosa Plaza almagreña. Más verde y marinera que nunca, más viva y con un sano ambiente, sorprendentemente iluminada, más grandiosa que hace cinco años, más mágica y alborotadora que antes, con los personajes de su teatro acercándose a todos los escenarios.

Una de las terrazas será el balcón exclusivo de todas mis miradas.

- Café con hielo, por favor.

La plaza hierve, las mozas de alguna compañía danzan y reparten agua refrescando con picardía aún más la noche. Unos jóvenes malabaristas lanzan al cielo sus antorchas encendidas. Otros mozos invitan a bailar a damas espontáneas y atrevidas. Por un momento se me olvida mi molesto divorcio. Hoy en Almagro elegiré el papel que nunca se dignó a regalarme la vida.

Sorprendentemente, un moreno galán con capa y con espada viene a mi mesa y me invita a bailar al son de los timbales y de las dulzainas. Se parece horrores al atractivo chico del Parador que me arregló la puerta. ¿Será él? Todo es posible si eres capaz de interpretar el papel que el momento te pide. Y su capa también huele a flores silvestres, a hiedra y a hombre, huele a hombre. ¿Será la misma que yo dejé en la cama?

Me ha tapado hasta el cuello con ella de una manera mágica. Me arrastra tras él, sin que pueda negarme, por estos elegantes soportales y por las esquinas besándome apasionadamente. Me embriaga de una forma incesante con sus dulces palabras.

"Tu presencia me enajena,

tus palabras me fascinan

y tu aliento me envenena."


Envueltos en la amorosa capa entramos juntos al Corral de Comedias. Esta noche soy espectadora de mi propia obra. Comienza la función. Él invita. El teatro de la vida en Almagro comienza.