|
Yo
viviría en ...
Lea la crónica sobre Toledo,
de Jesús M. Sarmiento
Lea la crónica sobre Santander,
de Aurelio Español
Lea la crónica sobre Segovia,
de Fausto Requejo
Lea la crónica sobre El Soplao,
de Miguel Fernández Huerta
Lea la crónica sobre Almagro,
de Nieves Fernández Rodríguez
Participe en nuestro concurso
sobre crónicas de viajes
Francisco Rubio Ferrón
Tengo que haceros una confesión:
soy una miserable rata de ciudad. Sí,
es triste, pero vivo en Madrid. Y lo
peor de todo, a pesar del odio que
siento tantas veces hacia esta ciudad,
siempre creí que no podría vivir en
otro sitio. Creía que todo se me quedaría
pequeño y que huir de la
alienación y el anonimato acabaría conmigo.
Pero cuál ha sido mi sorpresa con un
reciente descubrimiento: sería feliz
viviendo en Granada. Supongo que es
como todo, que cuando vas de turismo,
todo se ve de otro color. Pero... ¡qué
ciudad ! Además, "pagable". Sí señor,
con los duros tiempos que corren, estamos
hablando de una ciudad asequible. Hoteles,
pensiones, hostales ...todo en el centro
y en buenas condiciones. Y es que de
una ciudad con tanto estudiante, no
se puede esperar menos!
¿Cuándo estuve ahí? ¿Noviembre? Sí,
creo que fue el primer fin de semana
de noviembre. Y, sin reservar, encontré
habitación en un hotel en el centro,
bueno, bonito y barato. ¿El nombre?
Ni me acuerdo, es lo que menos me
importa.
Llegamos un viernes a última hora, a
muy a última hora. ¡Qué alegría
tan grande comprobar que todavía existen
ciudades en que pasadas las
doce de la noche a uno le ponen aperitivos
con la caña!. Aunque ya somos
europeos, en algunas ciudades todavía
nos dejan ir de cañas a horas
intempestivas. Es un placer eso de poder
degustar tapas varias a altas
horas de la noche, cuando a uno se le
ha dado mal el viaje y el
aparcamiento. Todo hay que decirlo:
ellos también están en obras.
En
fin, dejemos de lado el placer del tapeo
para pasar un día por una ciudad que,
francamente, es única. Uno se levanta
y allá donde vaya puede pedir un café
con tostadas de aceite y tomate, zumo
de naranja y, en fin, tantas cosas.
Un desayuno que te permita patear como
Dios manda, porque hay mucho que patear.
Aunque, lo reconozco, salvo la Alhambra,
no entré en ningún otro
monumento. Quizás porque son de pago.
Pero, ciertamente, tenía otras
prioridades. Y es que pasar la mañana
paseando por el barrio del Albaicín
y el del Sacromonte, fue un auténtico
"chute" para mis sentidos.
A lo mejor por eso, porque soy de Madrid.
Que disfrute a la vista esas
casitas blancas, esos patios, ese toque
árabe, judío, que sé yo.
El "mounstruo" de ciudad en el que vivo
me había hecho olvidar las
maravillas que hay en el mundo, y tan
cerca.
Comencé la mañana subiendo a estos lugares,
como no, dando un paseo.
Aunque para mi sorpresa, mucha gente
lo hacía en autobús. Unos
pequeños buses de ruta que cada día
ahorran el paseo a pie a miles de
turistas. Pero no hay color, si puedes,
hazlo andando. Además, cuando
uno sube esas grandes cuestas, ciertamente,
se está ganando las cañas!
Y es que tapear por el Albaicín tiene
su aquel. Como referencia, os diré
que me pedí una caña y me pusieron un
plato de migas con sardinas de
aperitivo. Qué maravilla. ¡Y encima
estaban buenas!
Y
a seguir paseando, hasta llegar al Sacromonte
a tomar un café. Me
encantaría deciros cómo se llama el
sitio donde tomé café. Bueno no, que
no tenían, tuvo que ser otra caña. Era
una especie de cueva, patio o casa
particular donde el propietario, curioso
personaje, ha montado su
chiringuito y entre música clásica y
flamenco, sirve a sus turistas cerveza
y....no se qué más. Diría que no tenía
nada más.. Así que me tuve que
tomar otra, sentada en ese patio lleno
de cojines, y a disfrutar de la
vista.
¡Vaya vista! La Alhambra, ni más ni
menos. Saboreando mi "refresco" ,
disfruté durante largo rato del panorama,
el palacio, sus bosques, sus
jardines, todo rodeado de los colores
del otoño. Una maravilla. Daban
ganas de pedirse otra para prolongar
el momento. Pero había que
continuar el paseo.
Esta vez cuesta abajo, volví a Granada.
Paseé por sus calles, sus plazas,
su zoco.....pero huí de él. Creí más
astuto dejar el ansia consumista
para el final, pues me creo muy capacitada
para pasar horas y horas
regateando y comprando en los pequeños
comercios de esas callejuelas,
que tienen su encanto.
Así que huyendo del zoco fui a parar
a la calle de las teterías donde,
entrando en la que más rabia me dio,
me puse al lío... a tomar un té. Otro
sitio con encanto, el ambiente, la música,
el olor....Claro que cuando uno
es una rata de ciudad, al final termina
huyendo de lugares tan relajantes para
volver a la dura lucha por el aperitivo.
Sí, no saciado con los cientos
de aperitivos que había degustado la
noche anterior, volví a la ardua misión
del tapeo. Pero es que hay que decirlo.
Tapear callejeando y callejeando
tiene un sabor especial. Da igual hacia
donde vayas, cualquier calle tiene
su encanto, y cualquier tasca también.
Y cuando a uno le cuesta llegar a
fin de mes, esas generosas tapas se
valoran. Embutidos, verduras, carne,
fritanga...de todo, y encima rico. ¿Será
que es que a mí me gusta todo? Es
probable, pero en cualquier caso, disfruté
como la que más. Os lo
recomiendo, id de cañas por Granada.
Pero eso sí, acostaros pronto, que al
día siguiente hay que madrugar.
Y es que si el domingo, antes de volver
a Madrid, quieres visitar la
Alhambra e infiltrarte en el Zoco para
comprártelo todo tienes que
madrugar.
Creo que ahí ,en el Zoco, se disfruta
casi tanto como tapeando. Y es que
tienen de todo. De todo, para los que
nos guste, claro. Porque,
personalmente, los "pufs", los juegos
de te, esas mesitas de madera,
las "cachimbas" y otros, me vuelven
loca. Y, como sospechaba, me lo
compré todo. Pero no pasa nada, porque,
gracias a Dios, todavía hay
sitios donde se lleva el "regateo".
Así que, regateando y regateando, me
hice con enseres varios para decorar
mi casa. Así da gusto.
Y, por último, la Alhambra. Previa reserva
de entradas por la Red (que
invento) y antes de la operación retorno,
por fin visité la Alhambra.
Ciertamente, estos árabes sabían lo
que se hacían. Sin palabras. Vais a
perdonarme pero creo que no podría contaros
lo que vi, lo que sentí.
Cualquier descripción se queda corta.
Eso sí, ¿por qué hay tanta gente que
sólo hace fotos y que no observa lo
que está viendo?
¿Pero estáis de verdad viendo esto que
tenéis delante?, me pregunté.
Que os compréis postales, hombre, que
así no se saborea! No puedo describir
la Alhambra, quien haya estado lo entenderá.
Además haría falta otra
crónica.
Lo recomiendo: visitad Granada. Si la
conoces, sabes de que te hablo y si
no.... estás tardando. Y, como he dicho,
creo que sería feliz viviendo allí.
|