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El
valle de Soba
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Pedro Merino Múgica
Años ha que no me acercaba al valle de Soba, en
el este de Cantabria. A pesar de su relativa cercanía
a urbes como Bilbao y Santander, lo encuentro
tan aislado y solitario como siempre. Es noviembre,
y una nevada tempranera ha dejado ya su sello
en las más altas cimas, el Porracolina, Mortillano,
Rocías…Con esa calma que nos da el saber que son
aún varios los días de holganza que tenemos por
delante, recorro lentamente el valle en coche.
Desde el pequeño pueblo de Asón cojo la carretera
que hacia el Portillo serpenteaba, con los grandes
farallones a un lado y el aún escaso río Asón
a otro. Pronto veo la famosa cascada, ahora con
agua por el desnieve de las primeras nieves. Setenta
metros, desde la oscura cuevilla por la que sale
a la luz hasta las copas de las hayas sobre las
que su agua pulverizada acaba depositándose. Aún
conservan el oro del otoño, más resguardadas que
sus compañeras de las laderas (las "lenes" como
dicen aquí).
La Gándara, el pueblo más grande del valle, está
somnoliento, envuelto en esa heladora bruma que
no quiere desprenderse del verde de los prados.
Me desvío hasta Quintana, para ver su milenaria
torre. Los planes de dinamización turística (esos
ridículos inventos que sólo "dinamizan" la economía
de sus gestores y gerentes) a lo más que han llegado
es a poner un cartelito informativo. Me parece
irritante que esa torre, testigo de las guerras
de banderizas y de las guerras carlistas, se vea
reducida a ser un triste pajar sin que nadie le
preste la más mínima atención. Cantabria Infinita,
ya…
Un
poco triste me dirijo por fin al pueblo de Astrana.
De allí un antiguo camino enlaza con el pueblo
de Riva. En mis años mozos metí días y días explorando
las cavidades de estos macizos con mis compañeros,
llegando a pasar incluso tres y cuatro noches
bajo tierra. Según avanzo por la pista, me vienen
recuerdos de todas las noches que desandábamos
el camino, con buenas heladas o tormentas (incluso
con buen tiempo, creo recordar), hasta llegar
a las tiendas de campaña o la cabaña que algún
paisano nos dejaba para pernoctar. Paso por la
enorme depresión de Cellagua, con su sumidero
que se traga un río, y poco a poco me encamino
hacia el Hoyo Salzoso. Veo que en una de las cabañas
están trabajando dos hombres. No pocas noches
nos guarecimos allí del helador viento del norte
que entraba de la costa.
-Buenas ¿no andará Tomás por acá?
-¿Tomás? ¿Se refiere a Tomasín, el antiguo dueño
de esta cabaña?
-Sí. Hace años venía bastante por aquí y trabamos
algo de amistad.
-Pues se bajó a Rocías. Enfermó y se le acolechaba
estando todo el día entre garmas, sin más compañía
que el perro.
-Vaya. Ya lo siento.
No son gente muy dada a la charla, así que tras
algún comentario banal más, sigo mi camino. Pronto
me encuentro en el hayedo del Hoyo Masayo, pero
aquí las hojas han caído todas. La pista se convierte
en un sendero empedrado. Hace varios siglos se
utilizó para bajar la madera de estos montes a
los astilleros y a la Fábrica de cañones de La
Cavada, provocando una deforestación que aún es
patente en buena parte del valle. Recuerdo vagamente
una canción que un paisano solía tararear, algo
así como que "en La Cavada funden cañones, y tus
ojos, morena, los corazones".
El día pasa caminando tranquilamente, y no me
encuentro a nadie más hasta llegar a Riva. Aquí
un amigo de "los viejos tiempos" me sube con su
destartalado Ford Fiesta hasta donde he dejado
mi coche. De bajada, esta vez por Veguilla, paramos
a tomar un trajo en el bar de Santayana. Verdadero
museo viviente, entre vino y vino se puede disfrutar
de toda una colección de objetos entre tradicionales
y curiosos que el dueño (no menos peculiar que
su colección) ha ido recogiendo a lo largo de
varias décadas. Desde layas y cuévanos a libros
del S. XVII o antiguos carnés de la Falange, todo
tiene cabida en este cajón de sastre. Ya en Ramales,
la capital de la parte alta del Asón, cenamos
en el Río Asón. Un día es un día, y días como
hoy son muchos días en uno…
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