Cabecera
Google OC/DC
tráficotiempo  l  cartelera  l  televisión  l LÍNEA CRÍTICA  l agenda

Untitled Document




  Untitled Document
 El Periodicom
 El Mirador
 Economía
 Bolsa
 Europa
 Argentina
 Bolivia
 Perú
 Andalucía
 Cantabria
 Castilla-La Mancha
 Madrid
 Valencia
 Nuevo Periodismo
 Turismodiario
 Canapero
 Deportes
 Crónica Rosa
 Televisión
 Cine
 Música
 Viajes
 Salud
 Libros
 Gastronomía
 Ciencia y Tecnología
 Toros
 El Periodigolf
 Motor
 Medioambiente
 Vinos


Documento sin título

El valle de Soba

Lea la crónica sobre Toledo, de Jesús M. Sarmiento
Lea la crónica sobre Santander, de Aurelio Español
Lea la crónica sobre Segovia, de Fausto Requejo
Lea la crónica sobre El Soplao, de Miguel Fernández Huerta
Lea la crónica sobre Almagro, de Nieves Fernández Rodríguez
Lea la crónica sobre Granada, de Francisco Rubio Ferrón
Participe en nuestro concurso sobre crónicas de viajes

Pedro Merino Múgica

Años ha que no me acercaba al valle de Soba, en el este de Cantabria. A pesar de su relativa cercanía a urbes como Bilbao y Santander, lo encuentro tan aislado y solitario como siempre. Es noviembre, y una nevada tempranera ha dejado ya su sello en las más altas cimas, el Porracolina, Mortillano, Rocías…Con esa calma que nos da el saber que son aún varios los días de holganza que tenemos por delante, recorro lentamente el valle en coche. Desde el pequeño pueblo de Asón cojo la carretera que hacia el Portillo serpenteaba, con los grandes farallones a un lado y el aún escaso río Asón a otro. Pronto veo la famosa cascada, ahora con agua por el desnieve de las primeras nieves. Setenta metros, desde la oscura cuevilla por la que sale a la luz hasta las copas de las hayas sobre las que su agua pulverizada acaba depositándose. Aún conservan el oro del otoño, más resguardadas que sus compañeras de las laderas (las "lenes" como dicen aquí).

La Gándara, el pueblo más grande del valle, está somnoliento, envuelto en esa heladora bruma que no quiere desprenderse del verde de los prados. Me desvío hasta Quintana, para ver su milenaria torre. Los planes de dinamización turística (esos ridículos inventos que sólo "dinamizan" la economía de sus gestores y gerentes) a lo más que han llegado es a poner un cartelito informativo. Me parece irritante que esa torre, testigo de las guerras de banderizas y de las guerras carlistas, se vea reducida a ser un triste pajar sin que nadie le preste la más mínima atención. Cantabria Infinita, ya…

Un poco triste me dirijo por fin al pueblo de Astrana. De allí un antiguo camino enlaza con el pueblo de Riva. En mis años mozos metí días y días explorando las cavidades de estos macizos con mis compañeros, llegando a pasar incluso tres y cuatro noches bajo tierra. Según avanzo por la pista, me vienen recuerdos de todas las noches que desandábamos el camino, con buenas heladas o tormentas (incluso con buen tiempo, creo recordar), hasta llegar a las tiendas de campaña o la cabaña que algún paisano nos dejaba para pernoctar. Paso por la enorme depresión de Cellagua, con su sumidero que se traga un río, y poco a poco me encamino hacia el Hoyo Salzoso. Veo que en una de las cabañas están trabajando dos hombres. No pocas noches nos guarecimos allí del helador viento del norte que entraba de la costa.


-Buenas ¿no andará Tomás por acá?
-¿Tomás? ¿Se refiere a Tomasín, el antiguo dueño de esta cabaña?
-Sí. Hace años venía bastante por aquí y trabamos algo de amistad.
-Pues se bajó a Rocías. Enfermó y se le acolechaba estando todo el día entre garmas, sin más compañía que el perro.
-Vaya. Ya lo siento.

No son gente muy dada a la charla, así que tras algún comentario banal más, sigo mi camino. Pronto me encuentro en el hayedo del Hoyo Masayo, pero aquí las hojas han caído todas. La pista se convierte en un sendero empedrado. Hace varios siglos se utilizó para bajar la madera de estos montes a los astilleros y a la Fábrica de cañones de La Cavada, provocando una deforestación que aún es patente en buena parte del valle. Recuerdo vagamente una canción que un paisano solía tararear, algo así como que "en La Cavada funden cañones, y tus ojos, morena, los corazones".

El día pasa caminando tranquilamente, y no me encuentro a nadie más hasta llegar a Riva. Aquí un amigo de "los viejos tiempos" me sube con su destartalado Ford Fiesta hasta donde he dejado mi coche. De bajada, esta vez por Veguilla, paramos a tomar un trajo en el bar de Santayana. Verdadero museo viviente, entre vino y vino se puede disfrutar de toda una colección de objetos entre tradicionales y curiosos que el dueño (no menos peculiar que su colección) ha ido recogiendo a lo largo de varias décadas. Desde layas y cuévanos a libros del S. XVII o antiguos carnés de la Falange, todo tiene cabida en este cajón de sastre. Ya en Ramales, la capital de la parte alta del Asón, cenamos en el Río Asón. Un día es un día, y días como hoy son muchos días en uno…

Untitled Document

Untitled

 

RESERVA
TU HOTEL
Destino
Fecha de llegada




Fecha de salida




 






 

 

Untitled Document