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Uvas
a la orilla del Arlanzón
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de viajes
Valeria Reverte
Sólo faltaban nueve horas para despedir
el año. En aquella ocasión quería hacer algo distinto
para dar la bienvenida al 2006, buscaba una propuesta
diferente que me alejara del bullicio de Madrid.
Nunca entenderé esa patología que impulsa a las
personas, como si estuvieran narcotizadas, a concentrarse
en torno al reloj más emblemático de todo el país
a ingerir a ritmo vertiginoso que imponen sus
campanadas las tradicionales doce uvas. Todo ello
al son de codazos y pisotones. Un plan muy apetecible...
Así pues había tomado la apresurada decisión de
pasar el fin de año en Burgos, junto a Raquel,
una de quellos amigas que, como los grandes astros,
sabes que siguen ahí, aunque no seas lo suficientemente
afortunada para verlas como te gustaría.
El itinerario comenzaba en el transitado intercambiador
de Avenida de América. Preocupada ante la posibilidad
de que el carácter semifestivo del día me impidiera
llevar a cabo mi escapada (y lo que estaba a punto
de empezar no era otra cosa). El individuo al
otro lado de la ventanilla, entre curioso y algo
aturdido, echó un rápido vistazo a mi atuendo,
compuesto por esas extrañas mezclas que a veces
resultan de combinar la ropa de vestir con la
de sport (una iba ligeramente preparada para la
Nochevieja, pero sin dejar de lado esos elementos
estéticos cutres que dan sustancia a este tipo
de expediciones, especialmente de cara al material
fotográfico).
El autocar que debía conducirme a mi destino partía
en poco más de media hora. Cargada como iba con
esa legendaria mochila que tanto me ha acompañado
a lo largo de la última década, decidí aguardar
en la sala de espera. Un rostro familiar empezó
a perfilarse entre la marea humana que deambulaba
por la sala de espera. Absorta intentando descifrar
la identidad de aquel conocido por quién sabe
qué motivo, no advertí las llamadas de atención
de la que se había convertido en mi compañera
de asiento: una chica pelirroja y más bien menuda
a la que atribuí un par de años más de los que
ostento yo misma.
- Perdona, ¿puedo pedirte un favor?, me
interpeló.
- Dispara, respondí en sintonía con los
escasos rodeos de mi interlocutora.
La
historia resultaba ser algo parecido a lo siguiente:
Mi cometido en el asunto consistía en una breve
intervención de fondo simulando ser una de las
mejores amigas de la chica, mientras ésta tranquilizaba
telefónicamente a sus preocupados progenitores,
que no terminaban de tragarse del todo la explicación.
Mi texto, al que daba paso un "¿A qué hora
sale el autobús, Marta?", era breve: "Dentro
de media hora". Giré en torno a mí misma, 180
y 360 grados, con la firme intención de encontrar
la cámara oculta que, sin lugar a dudas, grababa
la escena. Incapaz de hallarla, pero plenamente
convencida de que se trataba de una broma, bastante
ingeniosa y bien pensada, por cierto, di rienda
suelta a esa vocación de actores que todos llevamos
dentro.
La habitual impertinencia de la megafonía interrumpió
los repetidos agradecimientos de mi recién estrenada
confidente. Parece que la mentira piadosa había
surtido efecto.
El autobús ya calentaba motores en la dársena.
En su interior se respiraba un clima de caos y
cachondeo general en el cual cada viajero intentaba
reconocer el asiento que le había sido asignado.
Una auténtica misión imposible consecuencia de
la mente prodigiosa creadora de las miméticas
láminas metálicas que numeraban las plazas. Todo
un genio.
Tras
no pocas dificultades conseguí acomodarme. Las
carcajadas y comentarios jocosos no cesaron hasta
que el conductor, que respondía al nombre de
Matías, según nos informó él mismo, se encargó
de poner un poco de orden entre el griterío de
toda aquella gente que no se había visto en su
vida. El carácter surrealista y pintoresco de
la situación, animado por la variedad de colores
e idiomas apreciables en tan reducido espacio,
no terminaba de alcanzar su límite. Extenuada
antes de iniciar el viaje propiamente dicho, busqué
una ubicación más cómoda en la parte trasera que
me permitiera sumergirme en uno de esos momentos
de ostracismo necesarios en toda escapada.
Abrí los ojos en el momento en el que atravesábamos
las inmediaciones de un conocido centro comercial
próximo a la capital burgalesa. El esbozo de las
torres catedralicias comenzaba a cobrar nitidez
en la lejanía. Encontré el móvil en las profundidades
del ya de por sí amplio bolso, notablemente ensanchado
al dar cabido a los enseres del viaje, para efectuar
la llamada convenida con Raquel que la avisara
de mi inminente llegada.
La de Burgos es una estación sencilla, típicamente
provinciana desechando la acepción negativa que
este adjetivo pueda connotar, pequeña, un tanto
gris y dotada de escasos servicios (apenas un
diminuto quiosco en el que adquirir alguna distracción
para el trayecto). Raquel aguardaba con los brazos
abiertos, literalmente, en lo alto de un banco,
para hacer bien visible su presencia, acompañada
de Sergio, su chico, con el que lleva más
de un año.
El reencuentro fue cálido y emotivo: había transcurrido
más de medio año desde la última vez que compartimos
una sesión de café de las que se prolongan durante
toda una tarde y parte de la noche. Mil y un temas
de conversación fueron abordados y tempranamente
frustrados en los apenas veinte minutos que transcurrieron
hasta que alcanzamos el actual 'centro de operaciones'
de Raquel.
Sergio, acostumbrado al torbellino verbal que
le ha acompañado en los últimos doce meses, no
parecía inmutarse ante aquel galimatías en el
que ni nosotras mismas podríamos delimitar precisamente
el argumento. La anfitriona residía nada menos
que en el casco histórico de la capital y en el
camino pudimos disfrutar de algunas de las maravillas
arquitectónicas que ofrece Burgos. Quizá la más
llamativa de todas ellas fuera el popular puente
del Cid, adornado con diferentes esculturas relacionadas
con el personaje, bajo el cual el río Arlanzón
discurría travieso y crecido tras las recientes
lluvias y nevadas.
A
nuestro frente se alzaba, altiva y majestuosa,
la estatua del Cid Campeador, que preside la conocida
como Vía Cidiana. Nuestro periplo proseguía a
través de la Plaza Mayor, una más entre tantas
otras que pueblan la geografía nacional, en la
que una algarabía de críos se concentraba en torno
al tiovivo situado en uno de sus extremos.
Una vez liberados del equipaje y de los aparejos
que entorpecían nuestro paseo, nos dirigimos a
los entornos de ese patrimonio de la humanidad
del que tanto se enorgullecen los burgaleses.
La intempestividad del momento nos impidió acceder
al interior de la catedral de Santa María, con
lo que debimos contentarnos con disfrutar de su
arquitectura exterior, que no era poca, con sus
estilizadas torres y agujas góticas desafiando
la fuerza de la gravedad.
No era ésta, sin embargo, la única tentación para
los sentidos en la zona. Una callejuela perpendicular
a la histórica calle de la Paloma encierra algunos
de los secretos más desconocidos de la zona en
cuanto a gastronomía. Y es que la reputación de
Burgos en esta materia va mucho más allá de la
simple morcilla a la que tan frecuentemente se
suele aludir. Una vez allí, resulta imposible
resistirse a los placeres de la taberna El Morito,
donde sirven las mejores 'alpargatas', que no
son otra cosa que una rebanada de pan tostado,
ajo, aceite, tomate natural y jamón ibérico. Una
auténtica delicia.
La tarde avanzaba y el sol iniciaba su descenso.
Largos paseos a lo largo del río que surca
la ciudad y numerosos círculos concéntricos bordeando
la ciudad contribuyeron a que Raquel y yo saciáramos
una pequeña parte de nuestra bulimia verbal. Eran
mis primeras uvas junto al Arlanzón.
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