Hasta la cocina en Madrid Fusión


Era inevitable. Tantos desayunos de trabajo, tantos aperitivos en ministerios, tantas comidas en las que este humilde y orondo canapero se cuela de gorra, día tras día, con la única intención -sí, sí, créanlo- de reseñarles a ustedes las últimas tendencias gastronómicas... Madrid Fusión era una cita que no se podía pasar por alto. Y no pasó, no señor.


Nada más llegar, decenas y decenas de stands, filas y filas de expositores, legiones y ejércitos de camareros le reciben a uno con sus mejores productos. Bandejas y platillos de bocaditos, canapés, muestrecitas multicolores, todas primorosamente presentadas, tientan al experto o tragaldabas que se pase por allí. Y el que suscribe, como era de éstos últimos, se aprovechó. Lo probó todo, lo degustó todo y lo asimiló todo. Y a todo le dio un sobresaliente.

Y claro, como la nota máxima ya había sido otorgada, el problema surgió en la degustación organizada por el restaurante Maher, de la localidad navarra de Cintruénigo. Su jefe de cocina, Enrique Martínez, embelesó los paladares de los allí presentes y puso en un apuro a este camarero, que por norma se resiste a conceder una matrícula de honor. Si ustedes hubieran estado allí...

Pero como no han estado, desde aquí damos cuenta de las reacciones y exclamaciones de quienes sí estuvieron. Vimos al francés Marc Veyrat, platillo cuadrado estilo nipón en una mano y cucharilla en la otra, poniéndose hasta arriba de crema de perdiz escabechada con hongos; un plato que no tiene nada de nipón, en el humilde entender de este canapero, pero que desde luego entraba por los ojos. Este pequeño detalle no pareció molestar en absoluto a Nobuyuki Matsuhisa, que dio fe con la sonrisa en los ojos y un español más que aceptable de su opinión sobre el bacalao reposado con aceite de empeltre: "buenísimo todo".

Carme Ruscalleda y Ferran Adrià confraternizaron con Alain Senderens, el introductor de la salsa de soja en la alta cocina. El etíope Marcus Samuelsson también probó un poco de todo, pero llevaba prisa y no se quedó hasta el final: al día siguiente inauguraba nuevo restaurante en Nueva York...

Y como, en los negocios y en la política, no hay nada mejor que satisfacer el estómago mientras se habla de lo que importa (¿hay algo que importe más que el sentido del gusto?) también asistieron a la degustación el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Arias Cañete, y el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, ambos reputados aficionados a la buena mesa.

Nunca olvidaremos las soluciones del ministro a la crisis de las vacas locas -un buen chuletón- o a la catástrofe del Prestige -una dieta basada exclusivamente en el mejillón-. Como en esta ocasión el riesgo era menor, Arias Cañete trasegó sin complejos el parmentier de patata y queso roncal con bacalao y las alcachofas de tudela con jamón crujiente. Ruiz-Gallardón no dejó de sonreír, saludar, estrechar manos ("¡sí, sí, comemos juntos cuando quieras!") y deglutir ajoarriero con pimientos de cristal. La que no probó bocado fue su jefa de gabinete, Marisa, en segunda fila, agenda en mano y barruntando lo sobrecargada de trabajo que se halla.

Este canapero no se dejó amargar por semejantes observaciones laborales, que de seguro más de uno comparte, y se dedicó a hacer esta vida terrenal más llevadera por el simple pero expeditivo método de probar (eso sí, siempre con espíritu crítico, insistimos para que quede claro) la crema de café y pacharán y una surtida muestra de la repostería Maher. Y sólo porque el cinturón no daba para más fue imposible probar la totalidad de los 24 platillos que allí se ofrecieron. Cuando el proceso digestivo haya sido superado con éxito, lo que probablemente llevará varios días, habrá que continuar la degustación en Cintruénigo...