Con los militares, en un día lluvioso

Recepción en el Palacio de Oriente en la Pascua militar. 6 de enero 2006.

06/01/2006
El Canapero (Madrid)

Pocas cosas hay que más le gusten al Canapero que una recepción militar. A saber qué atavismo le lleva a emocionarse con las marchas militares --y mira que la música castrense está desprestigiada--, con el pase de revista a las tropas, el saludo a la bandera --este año, pasados por agua en el patio de armas del palacio de Oriente-- y todo ese mundo de uniformes y medallerío que, en el fondo, vanidad de vanidades, pero ya ven. Lo malo suele ser la austeridad de los ágapes castrenses. Excepto, claro, el día de la Pascua Militar.

Así que el Canapero se plantó en la recepción de los reyes a la llamada familia militar este 6 de enero, día en el que los Reyes Magos de Oriente --nuestros reyes lo son de Occidente-- habían traído a quien suscribe la consabida corbata y un pijama con más rayas que el jersey de Evo Morales. Estaban todos: el JEMAD, que es un general encantador y culto llamado Félix Sanz Roldán, el JEME, el de la Armada, el del Aire... Representación nutrida de los tres ejércitos, de la Guardia Civil, de servicios auxiliares... el Canapero debe confesar que entiende poco de graduaciones y de condecoraciones, y admite que acabó la mili de cabo primero, pero sin saber marcar el paso. Así que ustedes disculparán si no soy más preciso en este capítulo.

Claro que aquel, el de la mili del Canapero, era otro Ejército; era el prusiano, totalitario, del franquismo y de la guerra civil, de la que este 2006 conmemoramos (es un decir) el setenta aniversario. Así que los generales, jefes, oficiales, suboficiales y soldados que asistían a la recepción del Rey, que lo saludaban a él, a la Reina y al Príncipe en perfecto orden con un sonoro taconazo, las mujeres militares y guardias civiles que en clarísima minoría también por la recepción deambulaban, nada tienen que ver con aquellos generalotes bajitos y tripones de bigotillo afilado, tan capaces de escribir una cuartilla sin faltas de ortografía como de correr los cien metros lisos en menos de cuarenta segundos.

Lejos del ánimo del Canapero mostrar cualquier veleidad militarista, pero la verdad es la verdad, la digan Agamenón, su porquero o sus puercos: estos militares que se cuadraban este viernes lluvioso ante el jefe del Estado, que por cierto conserva un aire bastante marcial --la Reina, guapísima, dicho sea sin ánimo de enaltecer a la Monarquía, sino a doña Sofía--, son otra cosa, hablan idiomas y tienen dos carreras. Y no estaban ahí cuando Franco mandaba, cosa de la que hace la friolera de treinta años.

Así que el Canapero, a quien no le corresponde el análisis político, reconoce y confiesa que no lo pasó mal hablando con algunos de estos militares sujetos, y no sé si afectos --porque no lo dicen-- por y a Bono, que largó un discurso inicial que casi tumba, por lo inaudito, a más de un laureado. Mucho ministro de Defensa es el ministro de Defensa, y con chaqué, aún más --hasta Chunda, el jefe de prensa del Ministerio, nos apareció impecablemente chaqueado, aunque el más elegante con el chaqué siga siendo un Zapatero con las mangas de la camisa demasiado largas--. Estaba también, como es ya tradición en esta fiesta que data de Carlos III, el ministro del Interior, Toño Alonso, impenetrable, inaccesible, en su casilla sempiternamente gris, silenciosa y algo taciturna casilla la suya.

Los compañeros periodistas rodeaban a Zapatero, con ganas de hablar, y al portavoz Moraleda, con ganas de quitar de encima del compañero Zapatero a los compañeros periodistas. Y no es que ZP dé muchas noticias en estos tumultuosos encuentros con los chicos de la prensa; pero siempre te indica por dónde anda la aguja de marear, no como Moraleda, que sólo está a sus anchas cuando habla de vinos y de coliflores. Y, además, ZP te sonríe, lo que, comparado con otros tiempos, no es poco.

Bueno, el caso es que es esta una fiesta en la que hay muchos militares, bastantes periodistas de a pie --las 'estrellas' pasan de estas espléndidas oportunidades informativas-- y casi ningún político, laus Deo. Y el coctel, sencillamente estupendo. El Príncipe, bastante simpático, desde sus dos metros de distancia. Para qué pedir más.

Calificaciones:

Ambiente, 7 (los militares son bastante cachondos, si bien se mira), diversión, 6 (mucho discurso en situación incómoda. Y en el Palacio de Oriente hace un frío que pela), canapés, 8 (servidos por el Ritz. Nada mal, dadas las circunstancias y la cantidad de personal).