AGUINAGA Y ROMERO
El obispo Paquito Clavel y el bufón Rocafiel

Carolino de Hannover coincidió con los abajo firmantes cambiando el agua al pajarito en plena calle. Se cumplía así el nuevo refrán "colas europeas y españolas nunca miccionan solas" y, como eso crea complicidad, nos fuimos los tres en amor y compaña a empaparnos en combinados alcohólicos y en busca de lascivos cuerpos femeninos con quienes compartir la alegría que teníamos por la boda.

Rozando el alba el yerno de Rainiero, mojado por dentro y por fuera, se empeñó en ir arrancarle los huevos a las Clarisas que, como todos sabíamos, no les sirven para nada a juzgar por la chupa de agua que cayó. Nosotros, hartos de beber por la cara y de desbeber por su sitio y en cualquier ídem, nos retiramos cuando el ambiente se ponía hostil, que es como suelen acabar las juergas de Ernesto.

Llegábamos a casa al mismo tiempo que los primeros invitados a la Almudena. Sólo la monumental merluza que habíamos pescado en el mar del alcohol puede explicar que confundiésemos a monseñor Rouco con Paquito Clavel, pero es normal con un hombre que se viste con esos brillos, esos gorritos y esos anillos, armado de una máquina pendulante que echaba humo y una especie de linterna de la que salía agua, por no hablar de los bastones plateados. Ya en la prensa del domingo reconocimos que era un obispo con báculo, hisopo e incensario.

Pero el delirium tremens nos hizo ver cosas peores. Confundimos a Mariano Rajoy con Leandro Moragas el bastardo. En el abuelo taxista de doña Letizia creímos ver una mezcla de Antonio Gala y Quique Camoiras y la mujer de Felipe González nos pareció el portero del Hotel Palace. El defensa sevillista Pablo Alfaro disfrazado de Froilán repartía estopa.

Y lo peor de todo no fue eso. Un temblor frío nos recorrió el cuerpo al ver llegar a la novia del brazo del hombretón del dúo Pimpinella. Entramos en trance catatónico al ver a Mister Bean acompañando a la señora del presidente Zapatero.

Al único que reconocimos fue al Coronel Martínez Inglés porque hicimos la mili con él y ya entonces se disfrazaba de marinero de primera comunión para pagar billete infantil en el tren.

Como no podíamos fumar por miedo a salir ardiendo, nuestro nerviosismo iba en aumento. No veíamos por ningún sitio a Ernesto Carolino y temblábamos de miedo por si sonaba la puerta y era la policía que venía a por nosotros acusándonos de haberlo hecho desaparecer. Era imposible porque los millones de policías, que sólo aparecen cuando hay boda real, estaban haciendo bulto en las calles, porque la gente estaba en su casa. Cuando la bofia plegó, una turba de miserables focas con el pelo endurecido por la laca, armadas con tijeras, cortafríos, lanzas térmicas y ganzúas, procedieron a robar toda la mierda que pudieron dando la verdadera medida que el fervor monárquico produce.

Lampaban los mezquinos por los escenarios del evento regio y hasta se comían con fruición las boñigas de los caballos de los coraceros.

Luego migraron para saciar su incontenible furor televisivo viendo como hocican en la gorrinera una piara de sonrosados comentaristas del periné sentados alrededor de las diosas mediáticas de la mañana, tarde y noche televisiva, reinas de la braga embutidas en sus correspondientes fajas de las que se les desbordan incontenibles pechugas bajo cuyos sostenes blindados con ballenas van guardando los millones de euros que perciben por destripar los colchones y las braguetas de todas las guarras y maromos que en los Campos de España triunfan.

Nosotros, inmersos en una colosal resaca, echábamos de menos a Rocafiel en la boda de Peñasolano, ¿o era al revés?. Bueno, sea como fuere, hace falta bufón en la corte y Jaimito es el único que se presenta a la plaza.

Luego, ya despejados, hemos leído que los Príncipes están de viaje de novios, que Ernesto de Hannover también ha sobrevivido a la Boda y nosotros nos vamos camino del Rocío donde la pasarela sigue mientras los que madrugan cada día pagan la juerga. Viva la España que puede permitírselo.

pringazorras@hotmail.com






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