Asesinos con firma
PRIMERO FUE LA CONJURA DE LOS NECIOS; ya ni eso. Ahora vivimos bajo el sÃndrome gris de los mediocres aprendices capaces de cualquier cosa para ocupar un lugar que en otro tiempo más fecundo nunca hubieran tenido. Los mediocres se presentan en varias modalidades pero dos son las especies más peligrosas: los que vienen del “master” - tontos en cuatro idiomas - y ni miran y el que va de “colegui”, ese que dice todo el rato “hostias”, “joder” y “cojones” aunque no venga a cuento porque carece de mejores argumentos.
Conozco bien a la especie; solo tienen un discurso y dos malas metáforas copiadas que repiten hasta el aburrimiento. Naturalmente es un discurso huero, equivocado, demagógico, que huele a cursillo antiguo, a trenca y cine forum de un ex joven con pasado progre que un dÃa se dio cuenta de que para medrar habÃa que seguir las órdenes y era imprescindible, lo primero, matar de encargo. Y no vaciló. Fue sembrando las casas de cadáveres de forma que, con frecuencia, estos vulgares aprendices tétricos te llegan ya fichados con muy diversos motes: “cuervo”, “depredador”, o directamente “asesino”.
Son tipos peligrosos porque pregonan una ideologÃa sin ideas, un pensamiento ajeno, el del amo que les paga, y un brillo falso que salta en cuanto pasas una uña. No aguantan un lavado y por eso andan siempre como a la defensiva y se sienten en la obligación de asestar el primer golpe para dejar desde el principio claro “quien manda aquÔ. Como carecen de autoridad moral, ejercen la autoridad total de una forma frÃa, calculada, infame. Como también carecen de moral, no dudan en manipular la moral que no tienen como pretexto para sus desmanes. Son tan vulgares que no pueden ser admirados y por eso pretenden ser obedecidos; en su gris frustración han decidido que es mejor ser temido que amado. Se amparan en el negro engranaje de la empresa y desde los estercoleros que ellos llaman despachos piden más y más sangre y se alimentan de fracasos. Nadie en su entorno puede estar seguro: son francotiradores baratos que por una brizna más de poder vuelven las escopetas hacia sus amos y disparan con la frialdad indigna del mercenario. No contentos con eso, negocian después con los cadáveres. No dan pena. En todo caso, solo un poco de asco.
a.aberasturi

